Viernes, 18 Enero 2019

Porque no somos “bordiguistas”

¡No soy marxista!” (Karl Marx)

En tanto materialistas, sabemos que la lengua es una superestructura, en relación dialéctica con el modo de producción que la determina y la expresa. Sabemos también que, en una sociedad de clase, la ideología dominante es la ideología de la clase dominante, en la que la lengua está inmersa, dando voz a sus caracteres fundamentales, a las divisiones y a las relaciones de poder, contribuyendo así a influenciar el conjunto de la sociedad. En nuestro presente (con un capitalismo que ha llegado a su fase suprema, imperialista), el individualismo, que siempre ha sido uno de los aspectos de la ideología burguesa, ligado directamente al modo de producir y de consumir, empapa cada vez mas la lengua, y, a través de ella, todo el universo de las relaciones sociales.

Así, usamos corrientemente el término “marxista”, aún sabiendo que en realidad es impropio (como declara con firmeza la famosa sentencia de Marx citada en el inicio), y que mejor sería usar la expresión “materialismo dialéctico” ó “comunismo”. Pero así es: el uso, la convención y la práctica tienen ventaja, y no hay en ello nada malo, a condición de que…

A condición de que se comprenda bien el significado de aquella sentencia, que consiste en el rechazo (por Marx y por los comunistas consecuentes) a considerar el gran trabajo realizado por el mismo (además de por Engels y por tantos mas o menos anónimos militantes que, entonces y después, han trabajado por la revolución comunista) como fruto del pensamiento genial de una mente individual, como “interpretación del mundo” como obra de un enésimo filósofo. ”Los filósofos únicamente han interpretado el mundo de formas diferentes, pero se trata de transformarlo” (XI Tesis sobre Feuerbach) no es el slogan habitual: significa que, con la aparición en la escena histórica de la ciencia materialista, no estamos ante “sistemas filosóficos” que puedan con razón tomar el nombre de este o aquel pensador o fundador de una escuela de pensamiento (platonismo, aristotelismo, tomismo, kantismo, hegelismo, etc.) en virtud de “interpretaciones personales del mundo”; estamos en presencia, precisamente, de una ciencia, en cuyo descubrimiento y elaboración concurren factores histórico-sociales muchos mas amplios y complejos que la calabaza (ciertamente, de notables proporciones) de quien materialmente la corta, la abre, la expone y la difunde.

No negamos, en determinados momentos históricos, la excepcional aportación de los individuos: Marx, Engels, Lenin, Bordiga… Pero rechazamos clasificar su aportación como una aportación personal, como si el materialismo fuese una construcción de Lego, en la que cada cual puede añadir su propio, individual y “original” mosaico. Por esto, rechazamos (precisamente por sus pésimas implicaciones revisionistas) la expresión “marxismo-leninismo”: el mismo Lenin hubiera podido exclamar, como Marx, “¡no soy marxista-leninista!”, porque esa expresión que atufa a individualismo burgués hasta el meollo, pisotea la esencia misma de la concepción materialista de la historia, altera y tergiversa la función de la personalidad en la historia, atribuye al individuo X el papel de elaborador de concepciones que “integran” todo lo “pensado” originalmente por el individuo Y; otros mosaicos para una construcción en marcha, a la que los individuos pueden dar su aportación ecléctica. No por casualidad, “marxismo-leninismo” (¡y eso sin hablar del “marxismo-leninismo-pensamiento MaoTseTung”!) será la expresión político-lingüística del avance de la contrarrevolución, después vencedora, fenómeno radicado de forma materialista en la historia de la lucha de clases, y no fruto de la acción de los individuos: la contrarrevolución que desarmará el movimiento comunista internacional a partir de mitad de los años 20 del siglo XX, y que, justamente por los condicionamiento lingüísticos indicados anteriormente, estamos “obligados” a llamar “estalinismo” por brevedad y por la ausencia de otra definición sintética (para denominarla, nuestros compañeros en los años 30 y 40 usaban la expresión “centrismo”: pero hoy aquella expresión sería incomprensible).

Con mayor motivo rechazamos la etiqueta que se nos da de “bordiguistas”, y por una serie de razones de peso. Muy lejos de desconocer la enorme aportación de Amadeo Bordiga durante toda su vida, sabemos (y reivindicamos contra todos los “biógrafos” burgueses) que se trató de trabajo de partido, y no de elucubraciones de “pensador aislado”: fue la transmisión, fundada sobre una férrea base teórica, de toda una experiencia histórica, de militante a militantes; y de militante que siempre afirmó la impersonalidad de la doctrina y de la praxis, obediente a la misma incluso cuando los halagos podían empujar en otra dirección; militante anónimo, formado en una doctrina impersonal, por una causa que va mucho mas allá de los individuos y de las generaciones. Bordiga y el trabajo colectivo por el partido revolucionario son inseparables. Además, aquel enorme trabajo de restauración teórico fue posible solo por el hecho de ser trabajo colectivo de partido, que tenía en Bordiga, si se quiere, la punta de diamante, sino por la defensa de la continuidad político-organizativa llevada a cabo por compañeros activos en el exterior y clandestinos en Italia en el curso de los años 30, lo que permite en la siguiente década que aquel núcleo de fuerzas (no todas homogéneas en el plano teórico) de las que, por selección, surge nuestro Partido en 1952. Por tanto, es de nuevo una experiencia colectiva, anónima, impersonal: la del trabajo común, de militantes unidos en la finalidad histórica, hacia el renacimiento del partido revolucionario.

No es suficiente, sin embargo. No somos “bordiguistas” porque el trabajo desarrollado por Bordiga (restaurar y replantear de forma integral la teoría “marxista”, tras las monstruosas devastaciones causadas por la contrarrevolución, y trabajar por la reafirmación del partido revolucionario) no puede de ninguna manera ser considerado un añadido, una “nueva aportación”, una “nueva interpretación”, una “particular variante” del marxismo (ó, como dicen los intelectuales bien pagados y enfermos del Ego, de los “marxismos” ¡exactamente!). Bordiga ha sido un instrumento excepcionalmente eficaz, “la espléndida ‘máquina’ – escribíamos en 1970 en el artículo en su memoria – por donde circulaba la corriente de altísimo potencial del marxismo”. Y continuábamos: “y decimos marxismo como siempre lo hemos entendido en la Izquierda, no como abstracta teoría ante la cual inclinarse en la cotidiana veneración sacerdotal, sino como arma lúcida y afilada de la que nunca se debe soltar la empuñadura, es decir, la dirección hacia el objetivo, y que para salvarla, para que no se extravíe en los remolinos de la derrota, hay que saber sacrificar todo, y lo primero de todo el innoble ‘si mismo’, así como para usarla bien cuando la batalla estalla es necesario destruir las debilidades, las miserias, la vanidad, los orgullos estúpidos, el mezquino ‘libro de cuentas’ del individuo, para mantener su potencialidad intacta, de altísimo valor en los intereses de la ‘clase-partido’(“In morte di Amadeo Bordiga. Una milizia esemplare al servizio della rivoluzione”, Il programma comunista, n.14/1970).

Bordiga no ha añadido ni modificado una coma en la doctrina monolítica, que surge a mediados del siglo XIX, cuando las condiciones para la misma estaban maduras, porque el modo de producción burgués había dado y dicho todo de sí, verificada experimentalmente (teoría y praxis) en el siguiente siglo y medio mediante unas pocas victorias brillantes y muchas derrotas sangrientas: en plena contrarrevolución, ha sabido estar en su puesto y reunir en torno a sí nuevas generaciones de militantes, el partido.

Dejamos pues a los demás la estrecha idolatría por el “individuo”, y no nos preocupamos tampoco de la ironía soberbia (o, a veces, de la arrogante ignorancia, del resentido desprecio, de la calumnia vomitiva) ante los “bordiguistas” y ante “Amadeo Bordiga”. Conscientes de pertenecer a una generación de militantes que se ha enfrentado y se enfrentará problemas y deberes variados, continuamos el mismo trabajo en condiciones diferentes: entre errores, insuficiencias e incertidumbres, pero siempre anónimamente, impersonalmente y colectivamente. Militantes comunistas, y nada más.

Partido Comunista Internacional (il programma comunista)

Facebook
Pin It