Lunes, 20 Mayo 2019

De nuevo a propósito del partido revolucionario

El partido no solo no incluye en sus filas a todos los individuos que componen la clase proletaria, sino que ni siquiera engloba a su mayoría: agrupa a aquella minoría que adquiere la preparación y la madurez colectiva teórica y de acción correspondiente a la visión general y final del movimiento histórico, en todo el mundo y en todo el recorrido que va desde la formación del proletariado a su victoria revolucionaria.


“La cuestión de la conciencia individual no constituye la base de la formación del partido: no solo cada proletario no puede ser consciente, y menos aún dominar culturalmente la doctrina de clase, sino que ni siquiera puede serlo cada militante tomado individualmente, y ni aun los jefes ofrecen esa garantía. Ésta consiste solo en la unidad orgánica del partido.

Así pues, del mismo modo que es rechazada toda concepción de acción individual o de acción de una masa no ligada por una precisa red organizativa, también es rechazada la concepción del partido como agrupación de sabios, de iluminados o de conscientes, para ser sustituida por la de una red y un sistema que, en el seno de la clase obrera, tiene orgánicamente la función de cumplir la tarea revolucionaria de la misma en todos sus aspectos y en todas sus fases complejas.

(De las “Tesis características del partido”, Diciembre de 1951, Parte II: Tarea del partido comunista)

Nuestra reivindicación del trabajo de partido como impersonal y anónimo de manera necesaria a menudo se confunde (también por quien se declara cercano a nuestra corriente) como una especie de trabajo y de organización en donde, bajo la dirección de un “jefe”, se mueven numerosos “soldaditos” sin alma ni individualidad; una especie de “secta”, con sus valientes “gurús” mas o menos “torvos” y sus “adeptos”, siempre “obedientes y disciplinados”. Es en resumen una transposición al partido de clase revolucionario de las peores formas organizativas que desde siempre han arraigado en la sociedad burguesa, en sus instituciones y en sus partidos, mediante logias, masonerías, sectas secretas, etc. Lo mismo que al comunismo, desde siempre, se le intenta atribuir las peores formas de vida de la sociedad burguesa (siendo las últimas en el orden temporal contrarrevolucionario las delicias del antiguo “socialismo real”), otro tanto sucede para la misma forma organizativa del partido.

¡No nos escandalizamos por ello, en absoluto!

En contraposición a tales  “repudiables” formas organizativas, se hace después alarde a derecha y a izquierda de democracia, libertad de crítica, debates entre mayorías y oposiciones, variedades de partidos y de personalidades públicas, etc. Una espesa cobertura democrática, como siempre ha denunciado el comunismo, tras la cual se esconde en realidad la ciega obediencia a las leyes del Capital. Leyes que después, en situaciones particulares de crisis económica y social, como siempre ha sucedido y como veremos suceder continuamente, obligan a quitarse esa molesta máscara liberal y democrática, para mostrar el verdadero rostro de la clase burguesa dominante: el totalitario, militarista, feroz y represivo.

En el trabajo de partido hay una referencia constante a la lucha de clase proletaria y a la realización del programa histórico comunista. En su actividad, atrae necesariamente elementos instintivamente sensibles a esta lucha y a esta perspectiva. En su interior, la capacidad de quien se acerca no queda “anulada”, sino puesta a disposición de un trabajo político colectivo en función de aquel programa.

El órgano, el instrumento, el arma que se prepara y dispone no solo para las situaciones revolucionarias es el órgano colectivo partido. Escribíamos en las “Tesis sobre la táctica del P.C. d’Italia” (Roma, Marzo de 1922, Capítulo I: “Naturaleza orgánica del partido comunista”):

La integración de todos los impulsos elementales en una acción unitaria se manifiesta a través de dos factores principales: uno de ellos es la conciencia crítica de la cual el partido extrae su programa; el otro es la voluntad expresada en el instrumento con el cual el partido opera, su organización disciplinada y centralizada. Sería erróneo considerar a estos dos factores, de conciencia y de voluntad, como facultades que puedan obtenerse o deban exigirse de cada individuo, ya que sólo se realizan por medio de la integración de la actividad de muchos individuos en un organismo colectivo unitario”.

Lo que siempre se hace evidente es la necesidad y la exigencia de preparación de esta organización.

Los compañeros que trabajan para esto no se sienten en absolutos “sacrificados” en la “subordinación” de la propia individualidad a las exigencias del trabajo y de la acción colectiva del partido. El camarada, en la medida en la que mediante el trabajo de partido consigue liberarse de la mitificación de si mismo (individualismo), de los jefes o del mismo partido formal y abstracto, “ya perfecto e infalible”, no siente por tanto sacrificada su propia individualidad, sino que la enmarca estrechamente en el trabajo de partido, contribuyendo a su extensión y a su reforzamiento.

La tarea de llevar el partido de hoy a la altura de las grandes realizaciones indicadas en el programa histórico es extremadamente difícil. No puede efectuarse esperando “grandes jefes” o “centros directivos que lo hagan todo”. Requiere el trabajo político de cada compañero, de cada uno según su propia capacidad o cualidad. Se llega a ser compactos y centralizados no por la fuerza de una disciplina que desciende o que, aun peor, se impone desde arriba, sino por la capacidad y la posibilidad de trabajar práctica y colectivamente en torno a la realización del programa histórico.

Nuestros compañeros reconocías esta función del partido desde cuando opusieron este método de trabajo y de organización al vigente en la Internacional Comunista, ya en sus primeros Congresos. Al tipo de organización internacional en la que, sin embargo y pese a todo, el partido era todavía expresión del trabajo y de las decisiones de un “centro ruso”, el P.C. d’Italia, desde el documento “La táctica de la Internacional Comunista en el proyecto de tesis presentado por el P.C. d’I. al IV Congreso Mundial (Moscú, noviembre de 1922)”, opone el modelo de un “centro” que pueda ser realmente funcional y desarrollar lo mejor posible su acción de dirección política solo en cuanto expresión de un partido con tareas supranacionales, y por tanto mundial y antifederativo. Así, en la introducción de las “Tesis después de 1945”, escribíamos:

En verdad, la cuestión del centralismo orgánico en cuanto contraposición al centralismo democrático es algo muy distinto de lo... terminológico. En su contradicción, la segunda fórmula refleja bien en el sustantivo la aspiración al partido mundial único, como nosotros la hemos auspiciado siempre, pero refleja en el adjetivo la realidad de partidos aún heterogéneos por formación histórica y base doctrinaria, entre las que se asienta como árbitro supremo (y no como vértice de una pirámide, unido a la base por un hilo único y homogéneo que va del uno a la otra y viceversa sin solución de continuidad) un Comité Ejecutivo o un ente homónimo, el cual, no estando a su vez vinculado por aquel único hilo, sino siendo libre para tomar decisiones alternas y fluctuantes según las vicisitudes de las ‘situaciones’ y de los altibajos del conflicto social, recurre periódicamente – como en la tradición en absoluto contradictoria de la democracia – bien a la farsa de la ‘consulta’ de la periferia (convencido de poder asegurarse el apoyo plebiscitario o casi), o bien al arma de la intimidación y del ‘terror ideológico’, en el caso [de la difunta] Internacional Comunista ayudado por la fuerza física y por el ‘brazo secular’ del Estado. En nuestra visión, por el contrario, el partido se presenta con caracteres de centralización orgánica, porque no es una ‘parte’, aunque sea la más avanzada, de la clase proletaria, sino su órgano sintetizador de todos sus impulsos elementales, como de todos sus militantes, de cualquier dirección que provengan, y tal órgano está en posesión de una teoría, de un conjunto de principios, de un programa, que saltan los límites de tiempo del hoy para expresar la tendencia histórica, el objetivo final y el modo de operar de las generaciones proletarias y comunistas del pasado, del presente y del futuro, y que superan los confines de nacionalidad y de Estado para encarnar los intereses de los asalariados revolucionarios del mundo entero; tal es, añadimos, incluso en condiciones de hacer una previsión al menos a grandes rasgos del desarrollo de las situaciones históricas, y por tanto, de la capacidad de fijar un cuerpo de directrices y normas tácticas…”

La elaboración teórica en relación con nuevos fenómenos y acontecimientos, la mejor precisión de la táctica, la previsión de las situaciones, la intervención en las luchas proletarias, son y no pueden mas que ser tareas y funciones de todo el partido, de todos los camaradas. El partido combate la presencia en sus filas de “soldaditos” de cuartel o de “hermanos” de convento. Ni sirve enseñar los nombres de los militantes, como si el partido fuera una agregación de individuos. Es necesario un trabajo colectivo continuo en torno a la tareas a desarrollar en la línea del programa histórico desarrollado desde 1848, un trabajo que deberá usar las distintas capacidades y cualidades de cada compañero, y durante el cual se podrán cometer “errores” que se superarán y corregirán solamente reforzando el trabajo colectivo. Para este trabajo no existen recetas organizativas ni de tipo autoritario ni de tipo democrático.

Escribíamos también en la introducción a las “Tesis después de 1945”: “Si el partido está en posesión de tal homogeneidad teórica y práctica (posesión que no es un hecho garantizado para siempre, sino una realidad a defender con uñas y dientes, y llegado el caso a reconquistar de nuevo), su organización, que es al mismo tiempo su disciplina, nace y se desarrolla orgánicamente en el tronco unitario del programa y de la acción práctica, y expresa en sus diversas formas de desarrollo, en la jerarquía de sus órganos, la perfecta adhesión del partido al conjunto de sus funciones, sin excluir ninguna”.

[Todas las citas, tanto de las “Tesis” o de las “introducciones” a las mismas proceden del volumen “En defensa de la continuidad del programa comunista”, Edizioni Il programma comunista, Milán 1989]

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