Lunes, 20 Mayo 2019

Textos

Todos a correr tras las “medias clases”…

Una serie de hechos recientes, pertenecientes al mistificado y mistificador mundo de la política burguesa, aparentemente diferentes entre sí pero en realidad convergentes, nos ayudan a comprender las formas en las que, también a nivel ideológico, la clase dominante busca reaccionar ante una crisis económica que avanza días tras día, acumulando en su fondo materiales cada vez mas explosivos.

En que es la gran potencia imperialista en declive, los Estados Unidos de América, el presidente Obama ha representado, desde su elección, uno de los puntos de referencia necesarios para la gran masa de los que hemos denominado “los simples” –especie extendida por todo el globo y muy lejos de estar en vías de extinción. En el Discurso Inaugural de la reelección, tras haber jurado teatralmente sobre las Biblias de Abraham Lincoln y de Martin Luther King (dos iconos de la patria), él –o mejor su “redactor en la sombra”- se han entrelazado los típicos lugares comunes retóricos que constituyen la alegría de esta especie, dirigiéndose en particular a las principales “categorías en peligro” de la sociedad estadounidense (los negros, los inmigrantes, las mujeres, los gays) y prometiéndoles un futuro de color de rosa, un justo reconocimiento, y una consideración respetada al fin; y, como primer paso en esta dirección, mientras trata con diferentes lobbies sobre la cuestión de las “armas” (o mejor, como ya hemos visto de las…”armas de asalto”), ha prometido empeñarse en una nueva reforma de la inmigración (“nueva”, porque durante mas de un siglo se han sucedido parecidas, y cada una de ellas ha tenido un significado específico). Conceptos subrayados posteriormente en el siguiente Discurso sobre el Estado de la Unión en torno a una serie de “proyectos de reforma” realmente propios del “país de los Pitufos”.

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Mientras exista el capital no habrá paz que sea deseable, no habrá guerra que no sea infame


La segunda carnicería mundial se concluyó con la repartición del mundo entre los ladrones imperialistas vencedores. La célebre fotografía que retrata, sonrientes y satisfechos, a Roosevelt, Churchill y Stalin en Yalta en febrero de 1945 es el símbolo más elocuente de ello. Dos áreas estuvieron de forma especial en el centro de atención de los tres, por su potencial criticidad en relación a la reapertura “indolora” de un nuevo ciclo de acumulación: la Europa central (y en particular Alemania) y el Oriente Medio. La primera será dividida en dos y ocupada por los ejércitos victoriosos en el temor de la eventualidad de que se repitieran los movimientos revolucionarios surgidos en la primera postguerra (una análoga “división”, esta vez de tipo más político-ideológico, fue efectuada en Italia, donde el “gran partido” de Togliatti de filiación moscovita y la recién nacida DC -Democracia Cristiana- de filiación estadounidense se repartieron literalmente el territorio, dentro y fuera del Parlamento); en la segunda área, será introducida, con función de gendarme local, la cuña del nuevo estado de Israel, ligado con doble filo a los imperialismos occidentales (pero no solo: el primer estado en reconocer formalmente su existencia, tras haberse comprometido activamente en su nacimiento y haber financiado su armamento, fue –no por casualidad– la Rusia de Stalin[1]).

Estos equilibrios se mantuvieron más o menos en pie (las controversias y contradicciones no faltaron) hasta hace poco. Después, la presión de la crisis de superproducción de mercancías y capitales que estalló a mitad de los años setenta del S. XX los dinamitó y ahora se multiplican los focos de tensión, se acumulan los materiales explosivos: en Europa, a nivel (por ahora) de la guerra comercial; en Oriente Medio (y en toda la franja que va desde el Magreb hasta la India), a nivel de una crisis social cada vez más aguda.

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Libertad del capital, servidumbre del Estado.

El capitalismo estatal no es solamente el aspecto más reciente del mundo burgués. Sus formas mas acabadas son muy antiguas, y se corresponden con el propio surgimiento del modo capitalista de producción; han servido como factores primarios de acumulación inicial, y han sido anteriores a los ambientes ficticios y convencionales, mas cercanos al campo de la apología que al real, de la empresa privada, de la libre iniciativa, y otras bonitas cosas” («Doctrina del diablo en el cuerpo», Battaglia comunista,  1951)

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En estos tiempos, ya sea en debates impresos ó en las ondas del éter, llueven las preguntas y las dudas hamletianas: pero, este capitalismo… ¿es realmente el mejor de los mundos posibles?. Todavía no se lo preguntan los proletarios, ocupados en los problemas de conseguir cada día la comida (la pregunta se formulará espontáneamente cuando eso se haga aún mas difícil), sino la flor y nata de los economistas y de la intelligentsia burguesa.

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Pero ¿qué es este abstencionismo?

No es el “espectro que se cierne sobre Europa” (¡se necesita algo más!), pero todos hablan de ello. Crece el número de quienes no van a votar, mientras la crisis económica, con sus inevitables altibajos, se hace más profunda y se difunde a la vez que se multiplican por doquier (de España a Egipto, de Francia a Venezuela, de Hungría a Italia y en marcha por todo el mundo) las citas electorales, las consultas populares de todos los pareceres, los rituales democráticos de todo tipo – desde la recogida de firmas por uno u otro problema a la gran feria electoral de las elecciones presidenciales en USA. La “movilización democrática” es incesante: retumba y se repite en todos los países, es amplificada por todos los medios de comunicación, crea un fragor ensordecedor, recurre a todas las técnicas de condicionamiento de los cerebros, levanta una densa polvareda que va calando sobre todas las cosas y ocultando la realidad a los ojos. Al mismo tiempo, la “gente”, perturbada de escándalos y desvergüenzas, revelaciones y desilusiones, peleas en familia y rebotarse de acusaciones y anatemas, frente a ese Gran Festival Mundial de la Democracia, va a votar cada vez en proporciones más reducidas, siguiendo una tendencia ya evidente en la “mayor democracia del mundo”, los Estados Unidos de América (con excepciones, en tal o cual ocasión, en que se invierte de golpe la tendencia, entre el júbilo general).

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“Sindicato de clase”: formas organizativas, reivindicaciones y métodos

Una característica fundamental de la necesaria renovación del órgano revolucionario (el partido) es el contacto con la clase obrera, la constante participación en sus luchas de resistencia y reivindicaciones económicas con funciones directivas y organizativas.

No se trata de hecho ni de una participación pasiva ni de un genérico apoyo a un movimiento en el que todo vendedor de su fuerza de trabajo puede, desde muy pronto, tomar conciencia de su propia colocación económica y social (pero no política) y de los adversarios que tiene delante. Se trata más bien de un momento de enfrentamiento con las demás fuerzas políticas que, como tantos parásitos (tal es su naturaleza), se lanzan sobre el movimiento para mantenerlo dentro de modalidades y compatibilidades adoptadas estudiadas por la burguesía durante dos siglos de dominio con la finalidad de amortiguar cualquier conflictividad radical en potencia.

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International Press

 

                    

            

 

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