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Entre los muchos aspectos que la crisis económica pone de relieve con mayor (y más dramática) claridad está el hecho de que, sin el partido revolucionario, organizado y seleccionado, fundado sobre una teoría granítica y sobre un programa convalidado por una larga experiencia histórica y aun mas afilado por un balance de ochenta años de contrarrevoluciones, sin este partido, decimos, el proletariado mundial está solo y abandonado a sí mismo, frente al ataque desencadenado por un modo de producción cada vez mas feroz en sus manifestaciones anti-proletarias.

El partido no solo no incluye en sus filas a todos los individuos que componen la clase proletaria, sino que ni siquiera engloba a su mayoría: agrupa a aquella minoría que adquiere la preparación y la madurez colectiva teórica y de acción correspondiente a la visión general y final del movimiento histórico, en todo el mundo y en todo el recorrido que va desde la formación del proletariado a su victoria revolucionaria.


“La cuestión de la conciencia individual no constituye la base de la formación del partido: no solo cada proletario no puede ser consciente, y menos aún dominar culturalmente la doctrina de clase, sino que ni siquiera puede serlo cada militante tomado individualmente, y ni aun los jefes ofrecen esa garantía. Ésta consiste solo en la unidad orgánica del partido.

El nuevo año se abre con mayores y mas graves sobresaltos del modo de producción capitalista: descenso imparable de los precios del petróleo y de las materias primas, altibajos vertiginosos en las divisas internacionales, permanente inestabilidad griega, dificultades de la economía rusa, ralentización de la china y de la alemana, caída en vertical de los mercados bursátiles mundiales, deflación en marcha por doquier, desempleo extendido entre altibajos.

La guerra comercial se hace cada vez más frenética, los choques inter-imperialistas se hacen mas decididos y, desde los Estados Unidos a Francia, desde Italia a Alemania, se extiende la disgregación social.

Habrá quien tuerza el gesto ante este título, quien crea aún en la intrínseca bondad de las “cosas tal cual son”. Pero miremos alrededor: en Bangladesh, en el derrumbe de un gigantesco edificio que albergaba numerosas fábricas de ropa (de esa que “está de moda” en cualquier país occidental), murieron mil doscientos proletarios y proletarias, explotados y malpagados, atados a la cadena del único modo de producción, en la búsqueda despiadada de beneficios; en Siria, día tras día, continúa la matanza de la población proletaria y proletarizada, en una guerra en la que están implicados e interesados los principales imperialismos, todos ellos extrayendo beneficio de las ventas legales o ilegales de armas de todo tipo.

¡Proletarios! ¡Compañeros!

Mientras la crisis económica nos hunde en el abismo junto a nuestra condición humana y social, mientras crecen en el mundo entero el desempleo y los despidos, poco a poco comienza a agrietarse el muro de cemento, resultado de un opresivo control social ejercicio durante décadas por partidos de derechas, de “izquierdas” y organizaciones sindicales. Las primeras señales llegan de un joven proletariado inmigrado, que desafía de forma abierta a la patronal, una vanguardia que no se encierra en el silencio de los almacenes o de las fábricas, que no teme salir a la calle y reivindicar la mejora general de las propias condiciones de vida y de trabajo, y de la lucha nunca dormida de los proletarios de todo el mundo: desde la revuelta de los mineros sudafricanos a las batallas de los trabajadores argentinos, españoles, griegos, franceses, belgas, estadounidenses.