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La Democracia y el Estado burgués son dos enemigos eternos del proletariado

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El carácter de los disturbios acontecidos en los últimos meses en el área que se extiende desde el Magreb hasta la Península árabe, la forma en la que son tratados por los medios informativos internacionales, y el “efecto emulación” que se ha dado en varios países como consecuencia han demostrado el nivel de manipulación y mistificación con los que la ideología dominante, mediante la obra de sus mantenedores, portavoces y portabolsas, consigue todavía pastorear y embrollar, engañándola y paralizándola, a la clase explotada, al proletariado.
Ante todo, claridad. Como hemos demostrado ampliamente en numerosos artículos, lo que ha sucedido en el Magreb y zonas próximas han sido movimientos con un carácter inicialmente proletario, poco a poco controlado, desviado y encauzado entre el camino sin salida de las reivindicaciones democráticas de aquellos estratos de la burguesía y pequeña burguesía que, ante la inminencia de la crisis económica,  han aprovechado esos movimientos para hacer valer sus propias “necesidades de clase”: rechazo de las rigideces estructurales de los “viejos” regímenes y exigencia  de mayor libertad de acción por parte de la primera, y  el deseo de mantenerse a flote, suplicando  socorro a los “poderes fuertes”  (el sindicato del estado, el ejército) por parte de la segunda, angustiada ante la incipiente proletarización. El propio “arsenal” tecnológico-lingüístico demostrado como símbolo y vehículo privilegiado de estas reivindicaciones (los media, las “social networks”, la “plaza multicolor”, la “primavera árabe”, los “jazmines”, las “naranjas”, etc., etc.,) declara de manera explícita, en su sustancial vaguedad y en su declarado interclasismo (y por lo tanto en su misma vulnerabilidad e inconsistencia frente a la respuesta tanto de los “viejos” como de los “nuevos” regímenes) la naturaleza burguesa y pequeño-burguesa de la tapadera puesta hábilmente sobre un movimiento nacido de una revuelta  proletaria causada  por la necesidad de supervivencia cotidiana.

Pronto se han dado repercusiones, en una escala infinitamente menor, en la orilla norte del Mediterráneo: en España, por ejemplo, con el movimiento de los “indignados”, pero también en Francia, y, en una forma aún mas miserable, en Italia, en donde las recientes elecciones han llevado a la superficie todo el fango pequeño-burgués acumulado durante decenios en el fondo del pantano interclasista. En el centro de estas reivindicaciones figuraban sobre todo la “llamada a la democracia” y la “apelación al estado”: es aquí precisamente en donde se comprueba el abismo excavado por la contrarrevolución desde hace casi noventa años.

Los comunistas siempre hemos tenido muy clara la naturaleza y el papel tanto de la “democracia” como del “Estado burgués”. La primera no es más que la forma del dominio de clase: exaltando el “poder del pueblo” (este es el significado de “democracia”, y no por casualidad, en la Grecia antigua, en donde nace, la misma excluía del “pueblo” a los siervos y a los esclavos) se esconde en cualquier caso el hecho de que, dentro  de aquel “pueblo” indiferenciado, actúan, con intereses opuestos,  clases distintas, y que por tanto no todos son “iguales”, por condiciones de vida y de trabajo y por ello por la posibilidad de comprender realmente la dinámica del vivir colectivo y de hacer sentir la propia voz. Pero no solo eso: las mismas evoluciones del dominio burgués de clase durante el último siglo han llevado a vaciar totalmente  cualquier reivindicación exquisitamente burguesa de todo significado que no fuera un engañabobos: la transformación en sentido imperialista de la sociedad del capital ha producido modificaciones definitivas y profundas en el modo de gestionar el poder, centralizándolo, agudizando sus características represivas, vaciando de toda realidad y significado todo organismo de apariencia democrática (el parlamento, y con él todas las diversas formas de pretendida “participación”,  ¡hasta la reunión de vecinos!). Ya en 1917, siguiendo el sendero de todo el análisis efectuado  por Marx y Engels en torno a las formas de dominio del capital, Lenin recordaba a los proletarios de todo el mundo que “la república democrática es la mejor forma posible para el capitalismo”, que “por esto, el capital, tras haberse provisto de esta cobertura –que es la mas apropiada- establece su poder de manera tan firme, tan segura, que ningún cambio, ni de personas ni de instituciones ni de partido en el ámbito de la república democrática burguesa puede derribarlo”, y, en fin, que “el sufragio universal” [es] un instrumento de dominio de la burguesía” [Estado y Revolución, Cap. I].

Los acontecimientos que siguieron a la Segunda guerra mundial no han hecho más que confirmar (e, incluso, consolidar) estas estimaciones: el régimen dictatorial del capital, pasada la exigencia de mostrarse  brutal y explícito en su propio dominio, ha vuelto a formas democráticas, engañando a los proletarios sugiriéndoles que gracias  y mediante él, sus condiciones serán mejoradas de forma continua, haciendo inútiles las rupturas revolucionarias. Pero, en esencia, el dominio fascista del capital en su fase imperialista se ha mantenido e incluso agigantado de forma monstruosa: centralización y concentración económico-financiera, preponderancia del poder ejecutivo, una difusa y profunda militarización de la sociedad, inclusión en el engranaje de los mecanismos estatales de las organizaciones sindicales, creación de auténticos Leviatanes ( ¡estados-nación totalitarios, sobre los cuales los intelectuales burgueses gastan palabrería sin parar, y sin poder extraer  las debidas    conclusiones¡ ), recurriendo a las urnas de forma obsesiva en la misma medida en que todo proceso democrático ha sido desprovisto de todo valor y significado auténtico, represión de cualquier movimiento de rechazo por parte de la clase explotada, continua insistencia en la retórica nacionalista y patriótica…

El mismo discurso vale para  “la llamada al Estado”, sin ninguna diferencia que lo caracterice. Exactamente de la misma manera en que la “democracia” se ha convertido en valor supremo, el Estado  -que para nosotros los comunistas es el brazo armado del poder burgués, marido fiel de Madame Democracia- se ha convertido en un… organismo por encima de los partidos, un buen papá severo cuando es necesario, pero que da seguridad en los momentos de crisis, al cual podemos acudir para ayuda y salvación. También Lenin, siempre en el camino de Marx y Engels, demostraba  que “el Estado es el órgano de dominio de clase, órgano de opresión de una clase por parte de otra; es la creación de un ‘orden’  que legaliza y consolida esta opresión, moderando el conflicto entre clases”, y, cuando ya no es posible moderarlo, interviniendo con toda la “sabiduría” del propio derecho y de la propia magistratura (otro organismo de clase, y no neutro ni imparcial como quisieran hacernos creer burgueses y pequeño-burgueses) y con toda la violencia de los propios órganos de represión legales e ilegales.

Para las filas de pequeño-burgueses aterrorizados  por la crisis económica  y por la muy real perspectiva de caer ( ¡horror! ) con el “pueblo del abismo”, “Democracia” y “Estado” son las dos anclas de salvación, los salvavidas  miserables y remendados que se afanan en inflar continuamente a fuerza de buenos sentimientos, lugares comunes y retórica de baratillo, mostrando precisamente la inevitable imposibilidad de expresar un proyecto político que no sea otro que  el de mantener en pie este modo de producción podrido y venenoso.

Los proletarios que, tal vez sin darse cuenta del todo, prueban las delicias del dominio burgués en todas sus formas y mediante  todos sus instrumentos de opresión, deben colocarse en guardia: su consigna no debe ser  “más democracia y más estado”, sino  rechazo al engaño y la manipulación de la primera, y la abierta lucha contra el segundo.

 

Partido Comunista Internacional

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